Custodia compartida para que las niñas puedan llegar a la Luna

Sí, soy feminista. Sí, creo en la custodia compartida. No, no me he pasado con los gintonics. Feminismo y custodia compartida no son términos antagónicos, es más, son conceptos que pierden el sentido si no van de la mano. Hoy voy a explicar por qué.

Hace años, mientras preparaba mi doctorado, leí a Anthony Giddens, uno de los sociólogos más importantes que existen en la actualidad. En su obra titulada  La transformación de la Intimidad: sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, aborda un tema que, en ese momento, me resultó muy interesante y que me ha servido para profundizar en mi visión sobre diversas cuestiones, como el aborto o la custodia de los menores.

Guiddens reflexiona sobre lo que él considera uno de los mayores logros de las sociedades modernas: la incorporación del hombre en la crianza de los hijos y la aparición del concepto de maternidad. Dos hechos que no son baladí por lo que han supuesto para la mujer a todos los niveles, especialmente en cómo ha evolucionado la gestión de su sexualidad.

Las mujeres, tradicionalmente, hemos tenido una relación un tanto trastabillada con la sexualidad, especialmente en lo que implica a nivel de “culpabilidad”. Hemos sido las responsables de quedarnos o no embarazadas, de engendrar hijos o hijas, de abortar, de evitar quedarnos embarazadas sin que los impulsos del hombre se vieran afectados… Es por ello que, durante mucho tiempo, las mujeres vimos los hijos desde una perspectiva funcional al engendrarles a través de relaciones sexuales que no disfrutábamos. A esto hay que añadir que había un alto índice de mortalidad en el parto, así como de recién nacidos y de niños de corta edad, por lo que ni la sexualidad ni tener hijos era plato de buen gusto.

Sin embargo, según Guiddens, con las sociedades modernas llegaron las políticas de planificación familiar, lo que hizo que surgiera el concepto de maternidad. Los hijos comenzaron a ser bienes deseados, no instrumentales. Y, con esa evolución, llegó otra: la implicación de los hombres en su crianza, adoptando un papel que iba más allá del su papel tradicional como fuente de ingresos familiares. Todo esto favoreció a reasignación del papel de la mujer en todos los ámbitos, también en el íntimo (sexual y erótico, que es en lo que se centra el libro). Guiddens, considera estos dos hitos, como dos de los grandes éxitos de nuestra sociedad, una visión que comparto.

Paternidad y Maternidad

Actualmente los hombres están reclamando el ejercicio de algo que les corresponde: el ejercicio de la paternidad. Sin embargo, mientras la maternidad está totalmente asentada en nuestra sociedad (permisos de maternidad, extensa literatura sobre cómo afrontarla, publicidad que favorece el vínculo madre-hijo…), la paternidad no termina de ser tan visible. Quizás se deba ser que todavía vinculamos la maternidad al desarrollo del embarazo o quizás sea por ese resurgir del concepto (actualmente se habla de maternidad más que nunca y son las propias madres las que debaten y visibilizan esta cuestión a través de blogs, redes sociales, se discute sobre si se da una visión demasiado edulcorada de lo que supone…). De hecho, a veces me da la sensación de que parece que acabamos de descubrir la maternidad y que no nos explicamos cómo la Humanidad ha sido capaz de llegar donde está sin conocer el Método Montessori.

Por eso me quedo muy soprendida con algunas cuestiones. Hoy en día, por lo general, los hombres se implican en el embarazo y en su desarrollo. Tanto es así que hemos acuñado una frase para mí muy ilustrativa: “Estamos embarazados”. También se implican en su crianza, y así lo exigimos: cambian pañales, dan biberones… Mi chico, obviamente, no podía darle el pecho por una cuestión meramente fisiológica, pero preparaba tantos biberones de complemento como veces le daba su exmujer el pecho a la niña.

También exigimos que se amplíe el permiso de paternidad para favorecer el contacto del padre con el hijo, para que tengan la oportunidad de cuidar de sus hijos y para que la mujer no se vea discriminada laboralmente por la baja de maternidad.

Todas estas cuestiones están dirigidas a que el papel de la mujer no se reduzca a la crianza de los hijos y para que ser madre, no penalice nuestras carreras; para que no seamos vistas como meras vasijas gestantes y para que tengamos un mundo de oportunidades y posibilidades más allá del papel tradicional que hemos desempeñado en la familia. Y también para que los hombres se impliquen más en la crianza de los hijos. 

Un paso atrás: heteropatriarcado

Por eso resulta tremendamente chocante que, una vez se rompe la pareja, olvidemos todo lo andado y todo lo conseguido y las mujeres volvamos a ser como nos veían antes: las más indicadas para cuidar de los hijos, pasando de ser personas sin etiquetas y con las mismas oportunidades, a ser “mujeres”. Mujeres en en sentido más tradicional de la palabra.

En mi opinión, esto vulnera cualquier razonamiento científico porque no creo que lo que tengamos entre las piernas (con perdón de la vulgaridad) determine ni nuestra capacidad ni nuestras posibilidades. Y si lo hace, ¿qué hemos estado haciendo todos estos años luchando por nuestros derechos? ¿A quién hemos estado engañando?

No quiero que ser mujer me llene de etiquetas. No quiero, en ningún caso, llevar una etiqueta en la frente que diga “embarazable”, como tampoco quiero tener que llevar otra que diga: “futura divorciada (con custodia exclusiva)”.  Eso solo limitará las oportunidades por las que hemos estado luchado y por las que tantas mujeres antes de nosotras han luchado.

No quiero alimentar esos vestigios heteropatriarcales y judeocristianos que defienden que las mujeres cuidamos mejor de los niños, que no hay nada como el amor de una madre o que dar a luz da sentido a tu vida. Llevamos años luchando porque no queremos que piensen que, por el simple hecho de ser mujer, somos peores, porque no lo somos. Por eso no tiene sentido que ahora luchemos por hacer creer que somos mejores, porque tampoco lo somos. ¿Acaso creéis que vuestra hija es mejor que vuestro hijo?

Y, habrá quienes digan: “¡Pero nosotras vamos a educar a nuestros hijos varones en el feminismo!” ¡Genial! Yo también. Pero, para eso, tenemos que tener ejemplos. No podemos educar a un hijo en el feminismo si lo educamos en una sociedad en la que los hombres no pueden cuidar de sus hijos, en la que están estigmatizados como el género opresor. Una sociedad en la que no pueden hacerles las coletas, ni plancharles la ropa a toda leche por las mañanas porque llegamos tarde al cole porque son vistos por defecto como una amenaza para sus hijos.

Y no, no vais a criar niñas en el feminismo si lo que ven alrededor es que las mujeres son las que cuidan de los hijos, las que reducen sus jornadas laborales, las que cobran una pensión todos los meses y las que se cargan de responsabilidades familiares…, en vez de ver que pueden ser criadas también por sus padres y que sus maridos también tienen que responder ante el cuidado de sus hijos.

Queremos niños que críen con el corazón

Todo esto lo digo porque quiero que, si alguna vez tengo una hija propia (incluso la que tengo ahora, que la quiero de la forma más parecida que puedo querer a una hija), crezca en una sociedad en la que sepa que, si lo desea, puede llegar a la luna. Y porque quiero que, si alguna vez tengo un hijo, crezca viendo que puede y debe criar a sus hijos de corazón.

¿Qué razón absoluta hay para dar por hecho que un hijo estará mejor con la madre que con el padre? ¿Acaso, por el hecho de ser mujeres, somos diferentes? ¿No hemos sido hasta ahora iguales?

Defender la custodia exclusiva amparándose en la violencia de género, estigmatiza al hombre por el mero hecho de ser hombre, inoculando el miedo en la sociedad. En mi opinión es una inferencia absolutamente errónea, además de una excusa torticera, que me parece tan desacertada y repulsiva como intentar inocular el miedo ante personas de otra raza, de otro país o de otra religión porque personas de su raza, país o religión se dediquen a matar (lo que no quita que, en ambos casos, haya un problema real que debamos combatir, que no instrumentalizar). Y, además, aterrizándolo al ámbito del feminismo, me parece un ejercicio del heteropatriarcado más rancio que he visto. Tan rancio como ese que dice que las mujeres estamos más capacitadas para criar a un hijo. En mi opinión, ante la violencia de género se lucha educando en la igualdad, y para eso no podemos partir de una sociedad desigualitaria.

Y ahora pensad, ¿en qué sociedad queréis criar a vuestros hijos? Yo lo tengo claro: en aquella que les diga que pueden llegar a la luna y que, como lo hicieron sus padres (varones), pueden criar a sus hijos con el corazón. Otro día, si queréis, vinculamos esto con sus derechos, porque sí los niños también tienen derechos. #CustodiaCompartida

 

 

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