¿Era su… madrastra? Cómo pasé del vértigo a los besos

La aparición de mi querida hijastra me pilló totalmente desprevenida. Tan desprevenida como me pilló la de su padre, solo que a ese tipo de apariciones estaba relativamente acostumbrada. Al menos, sabía cómo gestionarlas, aunque hasta ese momento no lo hubiera hecho con demasiada soltura; pero la aparición de ella fue una entrada a puerta fría, una aparición estelar.

¿Qué era exactamente hacer las cosas bien?

Desde el principio intenté hacer las cosas bien, sin saber qué era exactamente eso. Ahí estaba yo, que hasta hacía unos meses despotricaba de mis amigas las “nuevas madres”, enfrentándome la educación de una niña de tres años. Bien es cierto que la educación es algo que corre a cargo de sus padres, pero quizás por la implicación que tuve desde el principio, siempre he tenido la sensación de que también es cosa mía. Al menos, siempre he intentado darle ejemplo y eso, en aquel momento, pasaba por cerciorarme de que se lavara las manitas antes de comer o repetirle que en los baños públicos hay que hacer pis haciendo equilibrios (dos años después sigo cogiéndola en brazos para tal fin). Hoy en día, dar ejemplo pasa por cosas tan dispares como intentar que no se tire pedetes en público (esto me está costando porque se parte de risa cada vez que se le escapa uno); o por no decir nada negativo de su madre pase lo que pase (regla de oro esta, no vaya a ser que me confunda con ella).

Retomando… Como decía, lo cierto es que no me había dado tiempo a prepararme. ¿Qué hacía yo, que hasta entonces sólo estaba pendiente de mi deporte, mis cafés con amigas y mis libros, intentando que una niña de tres años comiera? Es más, ¿cómo había terminado integrando frases como ¿Qué tal ha dormido la niña? o ¿Ha hecho hoy caca? en una relación que estaba empezando? Tenía la sensación de llevar andada una eternidad y de estar metiéndome en el mayor charco de mi vida.

Por otro lado, la responsabilidad que yo misma me echaba encima era cada vez mayor y recuerdo que, cuando veía sus ojitos, que cuando están contentísimos parecen redonditos y más oscuros todavía, como los de un perrito pekinés, era como asomarme a un precipicio.

Y, de repente, empecé a quererla

Hasta pasado un año no empecé a verla regularmente, pero a partir de los seis meses, cada vez pasábamos más tiempo juntas. Esto hizo que nos encontrásemos en multitud de situaciones: intentando desesperadamente que comiera, llevándola a hacer pis cada vez que entrábamos a un restaurante (o caca en mitad de una comida para adelantar el postre); visitando las cabritas del zoo en sandalias de tacón de aguja; soplando dientes de león, contándole cuentos, haciéndole cosquillas y secándole el pis (sigue haciéndose pis encima cuando se parte de risa), riñéndole, haciendo las paces, luchando con ella para que se tomara el Apiretal, quitándole los mocos con la mano (como esas madres de las que tanto me he reído), secándole el pelito mientras hacía contorsiones imposibles, haciendo churros incomestibles, jugando en la bañera a los unicornios, quedándome hasta las mil para hacerle un disfraz,  poniéndole la mano para que me escupiera mil chicles antes de subirse a las colchonetas… o sacándola de la cama el primer verano juntas, recién despierta de la siesta, para darle una sorpresa a papá (creo que jamás he visto unos ojos tan bonitos, medio hinchaditos, como los que tenía aquella tarde).

Así fue como, sin esperarlo, se me empezaron a escapar los besos, me apetecía verla y aprovechaba cualquier oportunidad para cogerla en brazos porque sabía que nunca más volvería a ser tan chiquitina. Y un buen día me descubrí mirando una y otra vez sus vídeos, que para entonces ya copaban toda mi carpeta de Vídeos de Whatsapp, haciéndole las coletas y guardando en casa chicles y botellas de agua customizadas con princesas (¡princesas yo, que critico tanto el heteropatriarcado! ¿estaba loca o qué?) para cuando volviera a verla. También adivinaba expresiones suyas en las expresiones de su padre e incluso veía que compartían gestos; y las galletas del supermercado ya no tenían marca, porque simplemente eran sus galletas; además, cuando pasaba una tienda, ya fuera de ropa o de libros, pasaba por la sección infantil por si había algo que pudiera gustarle.

Efectivamente, mi querida hijastra había colonizado mi vida y no sé en qué momento supe, pero lo hubo, que no quería cambiar esta mochilita por nada del mundo. Irremediablemente me había convertido en una… ¿madrastra? Ay, dios.

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